lunes, 24 de julio de 2017

Flaubert y Barnes

El loro de Flaubert y el de Barnes





Eduardo Berti escribió “66 notas preparatorias para una conferencia sobre el tema de la identidad”, inspiradas en las “99 notas preparatorias”, forma inventada por Fredéric Forte. Ambos pertenecen al grupo de experimentación OuLiPo, fundado en 1960, que explora la producción de obras con reglas que limitan y ponen restricciones al uso de la lengua.
Con la debida falta de respeto he intentado hacer algunos comentarios al jugoso libro de Julian Barnes El loro de Flaubert en un ejercicio similar, reemplazando “notas preparatorias” por “plumas” en uso o desprendidas del animal.

Plumas brillantes, opacas, perdidas.

1 – El loro de Barnes deslumbra, causa admiración. Su pluma ironiza, nos hace ver colores y detalles muy interesantes. Es un Ave del Paraíso.

2 – En ocasiones se excede en su mordacidad y el humor se vuelve algo vitriólico. Como cuando se pavonea en el capítulo del examen, ahí se convierte en un Pavo Real.

3 – El loro de Barnes pierde las plumas pero no las mañas.

4 – El hecho de que yo esté escribiendo esto muestra que cualquier cacatúa sueña con la pluma de los grandes plumíferos y con ser un Ave Lira.

5 – La primer pluma que le falta al Loro de Barnes es una llamada Contra Saint Beuve, de M. Proust. Incluso comienza el libro hablando del proyecto del mismo, como el de Marcel, y ronda la misma pregunta: ¿Por qué no nos basta con los libros y seguimos la vida de los escritores? ¿Por qué compramos pelos, fetiches, autógrafos, chismes?

6 – La segunda son las Apostillas a El nombre de la Rosa de Umberto Ecco. El italiano reflexiona sobre esa pregunta diciendo “El autor debería morirse después de haber escrito su obra. Para allanarle el camino al texto.”
Pero nadie se quiere morir así y menos sabiendo que la vaca todavía puede dar un poco de leche. Al fin y al cabo quién no se contradice algunas veces en su vida.

7 – ¡Qué trío de pájaros! Hay un refrán inglés que dice: Birds of the same feathers fly together  (Pájaros con las mismas plumas vuelan juntos). La anterior confirma lo pertinente de la expresión.

8 – Los diferencia cómo maneja cada uno sus contradicciones: Proust, las ignora. Dice que sólo el texto interesa y escribe un ladrillo de chismes y procedimientos criticando lo que termina haciendo. Ecco, dice que el autor “debería” morirse y dejar el camino libre pero, a pesar de esos buenos propósitos, continúa escribiendo muy solemne. Barnes las trae a la superficie, las toma en solfa y aprovecha para escribirlas y divertirse.

9 – El libro es muy borgiano en eso de no citar al inspirador, dar señales equívocas y dejar algunos pocos rastros para que el crimen no sea perfecto.

10 – ¿Qué crimen? El de escribir un libro, una biografía, algo que pretenda ser objetivo o captar la realidad. ¿Qué realidad?  Bueno, paremos acá. Todo sabemos que al fin nada es cierto… (Catulo Castillo, A Homero, tango. – Se refiere a Homero Manzi, no al griego. ¡Ojo!)

11 – Hablando de tangos hay uno que viene a cuento: Qué querés con ese loro, tango satírico de 1929, de Manuel Romero y Enrique Delfino. Lo popularizó una gran cantante y actriz: Sofía La Negra Bozán. Habla de un tipo que se engancha con una bataclana y su mujer la desvaloriza llamándola loro. Pero el tipo se las pica y se libera del yugo conyugal. Disculpas por la redundancia.

12 – El tipo sería lo que hoy llamamos un viejo verde. Ese color “verde” que se atribuye a los viejos libidinosos y a los chistes con alusiones sexuales no viene del color de las plumas de los loros sino del latín viridis que significa vigoroso y ya la usó Virgilio en su Eneida canto IV: la vejez de Dios es briosa y verde.

13 – Es que loro viejo no aprende a hablar.

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23 – Más vale loro embalsamado que cien volando.

24 – La literatura es nutricia, como la leche.

25 – La leche sale, mejor dicho la sacamos, de las ubres.

26 – Las ubres son ubérrimas. Y las palabras cambian con el tiempo. Antes uber y ubérrimo  hacían pensar en un festín de alimentos, fertilidad y abundancia; ahora, en un conflicto entre autos de alquiler y taxistas.

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32 – Una de las plumas más hermosas del loro de Barnes es la irónica puntualización de las diferencias entre “coincidencias” y “casualidades” en las investigaciones de los biógrafos sobre sus biografiados. El delirio los lleva a ver cosas donde no hay nada. (Cap. 5)

33 – Otra pluma brillante es la del capítulo 3: el biógrafo se encuentra ante la imposibilidad de escribir la biografía de Flaubert pues su fuente principal, unas cartas que iba a adquirir, fueron quemadas. El narrador cambia y termina hablando de sí mismo, escribiendo su autobiografía.

34 – Lo anterior está en línea con esa idea de que leemos para ir seleccionando partes de nuestra biografía. Buscando nuestra propia identidad.

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39 – Los lectores disfrutamos del virtuosismo de Barnes que maneja la zurda y la derecha con igual contundencia. Tan pronto te tira un cross certero de teoría literaria como un uppercut de ensayo o te hipnotiza contando un viaje en transbordador. Además ya ha encontrado un hobby para cuando cuelgue la pluma: la taxidermia.

40 – El pobre loro termina todo desplumado. Las polillas y el paso del tiempo se ensañaron con él, tan cruelmente, como los escritores con sus venerados precursores.

Fernando Terreno
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jueves, 20 de abril de 2017

Gente mayor


A partir de cierta edad, junto con los años, llega una sensación de impunidad. Se manifiesta en formas muy variadas: adelantarse en la fila del banco, cruzar la calle por donde sea o cuando el semáforo acaba de cambiar, hacer comentarios –en general a desconocidos– que no se hubieran permitido en otros tiempos. No todos los mayores sufren estos impulsos de guardadas rebeldías pero, cuando llegan, no discriminan sexo: ocurren tanto en mujeres como en hombres.

Algunas damas lanzan piropos directos y subidos de tono a sus circunstanciales interlocutores, sin discriminación de edades y situaciones, causando intrigas y sorpresas.
Otras veces, los comentarios son francamente provocativos. Señores que uno diría serios, desordenan estanterías de negocios, trastocan etiquetas o sustraen honorablemente una perilla del artefacto en exhibición. Pareciera que, más que buscar una reacción del aludido/a, quisieran reafirmar su autoestima o dejar sentada una demanda de atención, de decir “todavía estoy aquí y…”

Claro que esa repentina osadía tiene sus límites, las palabras se dicen a media voz, la perilla se deja escondida en otra estantería ante la menor sospecha de haber sido visto, la caca del perro, que se pensaba dejar como regalito, se recoge velozmente si aparece algún vecino a la vista. Hay suficiente experiencia en los actores como para evitar ser sorprendidos con el cuerpo del delito, desentenderse ante el menor atisbo de que la situación se puede complicar y un especial talento –que también se desarrolla en paralelo– para hacerse los zonzos.

Un señor había tomado la costumbre de cambiar en el supermercado las pequeñas etiquetas con el precio y ponerle a un vino de calidad las del vino Toro, el más barato por esos tiempos. Los códigos de barras no habían aparecido todavía. Metía una botella en el resto de su compra, pagaba y luego, en su casa, la disfrutaba con multiplicado placer. Repitió la operación algunas veces hasta que la cajera, harta, separó la botella, lo miró fijamente y la facturó al precio real sin dejar de mirarlo.
–De acuerdo, –dijo como un chico retado por la maestra y no volvió a repetir la maniobra.

Tiempo después, en la fila de cajas del mismo supermercado, solía hacer algunos comentarios, en especial si la predecesora era una mujer y más aún si era bonita. Los decía en piamontés y en un volumen que podía ser escuchado por la destinataria o no. Creía que al hacerlos en el dialecto aseguraba su impunidad y quedaba protegido ya que era poco probable que alguien lo entendiera.
¡Barda che sei comaira! (Mirá que sos flaca.) –dijo un día, seguramente interesado en la silueta de su antecesora. No obtuvo ni un gesto ni un movimiento de recibo por su mensaje. Entonces, seguro y envalentonado, prosiguió en piamontés:
–Cuando esté arriba tuyo esos huesos me van a pinchar por todos lados.
La esfinge se dio vuelta, lo miró de arriba abajo y, sin inmutarse, dijo en perfecto castellano:
–Vos tampoco sos muy gordo.
Dejó las compras en el carrito y abandonó el campo de batalla a toda velocidad. Cuando llegó a su casa todavía le duraban las palpitaciones.

Las historias son de primera mano. Me las contó el propio protagonista, un señor conocido, mi padre.
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viernes, 17 de marzo de 2017

Junot Díaz

La maravillosa vida breve de Óscar Wao de Junot Díaz



Una novela norteamericana
La vida de Óscar, norteamericano hijo de dominicanos, un nerd angustiado por la obesidad, la marginación y los problemas de la adolescencia a los que trata de conjurar con su afición por la literatura, se entreteje con la saga de la familia de León y la historia de la República Dominicana, en especial desde 1930, con la llegada del dictador Trujillo al poder.
Escrita originalmente en inglés, la novela saca ciudadanía norteamericana con su historia de minorías, de inmigración, de seres marginales. Sus personajes son los continuadores de los de Tobacco Road, de El corazón es un cazador solitario, de Mientras agonizo y de la literatura norteamericana posterior a la crisis de 1929.  El vacío, la falta de trabajo y la frustración de aquellos personajes se han transformado en adicción a series, películas, la play, los jueguitos –el protagonista está en los finales del siglo XX–, pero la alienación y el sinsentido son iguales.


Se destacan la multiplicidad de voces y relatores, unas notas al pie que funcionan como crónica separada en las que cuenta la “verdadera historia” de la RD, el lenguaje y la fluidez del relato, al punto de dejarnos convencidos de que los dominicanos en Nueva Jersey hablan así.
Sin haber leído el original en inglés, imagino que la traducción es muy buena y facilita la lectura en ese español contaminado que al cabo de pocas páginas nos resulta muy familiar y hace que lo aceptemos por entero. Muy bien resuelta la dificultad de escribir en ese habla que no alcanza a conformar una lengua pero mezcla deliciosamente a ambas. Está explicitado desde el vamos por el autor con el epígrafe de Derek Walcott.


Un párrafo aparte para la buena intención de contraponer la novela a La fiesta del chivo (págs. 93 y 129), donde Mario Vargas Llosa publicita la versión de la CIA sobre la historia trágica de la República Dominicana. Su “verdadera” historia, bastante ajustada a los hechos, se deshace un poco cuando cae en la misma trampa que nos tendió MVL y nos dice que eso fue una “culocracia” y todo sucedió porque Trujillo era un cogedor insaciable (págs. 228/229).
Sabemos que fue una tiranía brutal, prohijada por los EEUU, y parte de un plan sistemático que incluyó a Somoza en Nicaragua, Batista en Cuba, Pérez Giménez en Venezuela, Trujillo en RD, etc. etc., con el objeto de continuar sus políticas de robo y saqueo, como lo sigue haciendo en la actualidad.


Entre los puntos menos agraciados puedo señalar: una diferencia demasiado grande en el tamaño de los capítulos que  desequilibra la estructura (varios personajes tienen más peso que el supuesto protagonista), un notorio ir de mayor a menor (el primer tercio fluye y atrapa; el segundo se muestra reiterativo, y el final es vacilante, parece que no lo puede cerrar, explica demasiado) y que los personajes sean demasiado planos (permanecen iguales a lo largo de todo el texto).

Me habían dicho que es una novela de un escritor dominicano y que resultaba un hecho auspicioso para la literatura latinoamericana. Esto no es así, en absoluto. Es una novela norteamericana, que expone la visión que desde su cultura, vida y formación en EEUU tiene un escritor norteamericano, inmigrante, de origen dominicano sobre la diáspora y el país de sus ancestros. Pensar otra cosa sería tan ingenuo como considerar a Gonzalo Sánchez de Losada un presidente boliviano. Nada de esto invalida la novela: ficciona, resulta creíble y entretiene. El autor muestra su manejo del arte de la escritura –en la mejor tradición de la literatura norteamericana– dialogando con el lector (págs. 163, nota 17, 129), alternando humor y tragedia, mostrando la circularidad de las historias, la imposibilidad de escapar al destino y al eterno retorno. Una historia bien contada que nos lleva por caminos que vale la pena recorrer.

PD -Al final hay una perla: en el insufrible listado de agradecimientos que remarcan como otro sello más la ciudadanía norteamericana, está Farhad Ashgar, el director de cine iraní que 10 años después ganaría el Óscar y al que Trump impidió retirar el premio.
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