miércoles, 3 de octubre de 2012

El mar no lo sabe


Veníamos haciendo apuestas sobre el momento en que nos alcanzaría el pampero cuyo cigarro, a proa, se agrandaba cada vez más. El barco navegaba tranquilo, con rumbo oeste, a unas 8 millas de Juan Lacaze (ROU). Serían más o menos las tres de una tarde de fines de febrero del 2005. Por babor, desde hacía rato, se acercaba un velero “grande” al que mirábamos con cierta envidia.
Empezamos a tomar las precauciones del caso: achicamos dos rizos en la mayor y colocamos un tormentín en proa. El otro bajó toda su mayor y dejó sólo un tormentín. Eso nos hizo dudar acerca de nuestra decisión, si “ellos” con un bicho tan grande achicaban tanto, ¿no estaríamos subestimando la fuerza de lo que se venía?

La respuesta llegó en minutos, se largó el viento, el Rebelde lo aguantaba lo más bien y no sólo eso, con los dos barcos a la par empezamos a sacarle una pequeña ventaja al grandote.  Como la cosa se puso incómoda, decidimos entrar a buscar refugio en el Puerto de Sauce y lo mismo decidieron nuestros vecinos.
Después de amarrar nos arrimamos al otro barco: resultó ser el Cambá II, un Match 42, velero oceánico, diseño de Germán Frers (h) que se cansó de ganar regatas. Capitaneado por Jorge Fernández Viña acababa de salir segundo del Fortuna III en la XXI Regata Oceánica Internacional Buenos Aires – Río de Janeiro y estaba en el viaje de regreso a su casa. Nos felicitamos de la decisión de entrar a puerto en busca de abrigo y ahí nos mostraron las heridas que se le habían hecho en aquella lucha: las landas de babor se habían dañado en una tormenta y ellos improvisaron una sujeción abulonando un par de chapas al casco. Esa era la razón por la que achicaron tanto el paño, lo único que les interesaba era llegar a su amarra en San Pedro para hacer la reparación adecuada.

Le hice notar al patrón que, a mi poco entender, esa jarcia estaba dimensionada con lo justo, que nuestro barco, con la mitad del tamaño, era más robusto y los obenques tenían casi igual sección que la del suyo. Entonces me contó esta anécdota:
Cuando Germán Frers (h) lo estaba diseñando, el padre –también él diseñador, ya retirado- le hizo notar que “algunas cosas eran demasiado livianas, finitas o esbeltas para aguantar temporales fuertes”. Germán (h) le contestó que el barco “debía ser liviano porque tenía que ganar regatas”, a lo que Germán (p) respondió: “Estoy de acuerdo, el problema de eso es que el mar no lo sabe”.